• 3 septiembre, 2014
  • Uso de agroquímicos en Soja

    por Luciana Cristóbal

El mercado de fitosanitarios en Argentina ha mostrado una evolución creciente y sostenida  a lo largo del tiempo. Si se toma como base el año 1991, donde se utilizaban cerca de 100 millones de litros/kg/unidad de productos fitosanitarios,  en el año 2012 se aplicaron cerca de 307 millones de litros,  pone en evidencia un claro incremento en el uso de agroquímicos (sin fertilizantes).

Durante la última campaña 2013, las ventas de agrotóxicos aumentaron un 5% en dólares. Como todos los años Argentina incrementó sus gastos en este rubro y alcanzó una facturación record de 2.506 millones de u$s. Sin embargo, la cantidad de Kg/litro aplicada en los campos fue levemente inferior  a los utilizados en la campaña anterior con 283 millones de litros/kilo.

 

MercadoFitosanitario

 

Esto se debió a factores climáticos adversos en algunas zonas del país donde disminuyeron levemente los volúmenes aplicados, pero principalmente porque actualmente la formulación de algunos glifosatos ha cambiado a una mayor concentración del principio activo (66 y 74%) donde se requieren dosis más altas ante la creciente aparición de malezas con tolerancia a los tratamientos habituales (48%).

En el mismo sentido, alrededor de 55.7 millones de toneladas de granos de soja se produjeron en Argentina en la última campaña en una superficie de más de 20 millones de hectáreas. En comparación con las 10 millones de toneladas cosechadas en 1990 en una superficie de 5 millones de hectáreas, implica claramente un enorme crecimiento de este cultivo en los últimos 25 años.

Figura2_agrotoxicos

 

 

Si se hace la misma comparación en relación al modelo productivo tomando la misma base, sobre todo antes del año 1996, donde se utilizaban cerca de 30 millones de litros de agrotóxicos, en el último año se aplicaron más de 174 millones de litros, lo que evidencia también un claro incremento a nivel de cultivos, pero especialmente en relación a la producción de soja que acaparó casi el 62% del total de los productos aplicados (contando el barbecho químico).

porcentaje_agroquimicos

Porcentaje de uso agroquimicos por tipo de cultivo

 

La distribución de consumo por cultivos también muestra como los transgénicos demandan la mayor cantidad de agrotóxicos. Maíz y soja significaron más de 175 millones de kg/l de glifosato en el último año (incluyendo sus barbechos químicos).

El glifosato es el agrotóxico más utilizado en Argentina,  concentra el 64% del total de las ventas y se aplicaron 200 millones de kg/l de glifosato en el 2012 y un poco más de 182 millones para el 2013. En el caso particular de la soja, siendo el área sembrada con el 99% de variedades transgénicas RR, representa el 76% del paquete de productos químicos utilizados para su cultivo.

 

Fitosanitarios

 

 

No se puede negar, en términos económicos, los beneficios que los plaguicidas junto con la implementación de nuevas tecnologías como la siembra directa y las variedades GM han brindado a la producción no solo de soja sino de los cultivos en general, pero es importante resaltar que solamente una parte de lo que se aplica ejerce su función, el resto es distribuido en el entorno. Por lo tanto su uso irresponsable o inadecuado podría  producir efectos indeseados sobre la salud humana y el medio ambiente.

Sin embargo, la premisa de que las semillas transgénicas utilizan menos agroquímicos no se puede verificar en la realidad. La implementación del paquete tecnológico no necesariamente debería suponer una productividad mayor por hectárea, sino más bien menores costos por unidad de producto.

 

rendimiento

Así como el adecuado uso de la tecnología transgénica implica técnicas de labranza mucho menos agresivas con los suelos, también debería significar el uso de menos agroquímicos. El problema radica no solamente en el monocultivo sino también en el mal uso y abuso de productos donde se repiten las aplicaciones, donde tampoco se hacen rotaciones de principio activo.

Lo que ha ocurrido es que las malezas se han vuelto tolerantes y/o resistentes lo mismo para alguna plagas que han generado resistencia a insecticidas, por lo que los productos químicos se mezclan, o se usan concentraciones más altas o productos de reconocida toxicidad.

Actualmente se aplican 12 litros de glifosato en la misma ha y por año en muchos caos “potenciados” con otros herbicidas como graminicidas u hormonales, contra los 3 litros/ha utilizados en los años 96/97 con la introducción de las sojas RR, y si bien el problema del glifosato es grave por las cantidades que se utilizan, por el modo de aplicación y por su impacto en la salud, no es el único.

Hay que ser conscientes que  se utilizan otros herbicidas y una serie de insecticidas extremadamente tóxicos con capacidad de producir daños en la salud tanto de nivel agudo, a corto plazo, como crónico con enfermedades que aparecen luego de años del contacto con el plaguicida y por lo que algunos llaman “intoxicación silenciosa”

Lo mismo pasa con los insecticidas que no sólo se usan concentraciones más altas sino también en mezcla con otros productos. Es el caso del Endosulfán (en la actualidad se utilizan cerca de 4 millones de litros de este producto en las actividades agrícolas desarrolladas en la Argentina a pesar de su prohibición gradual a partir de marzo del 2013), Clorpiifós (con 61 millones de u$s de facturación en 2012), Metamidofós, metomil, etc. y de los herbicidas 2, 4 D y Paraquat aunque poseen una clasificación toxicológica menor.

Respecto al herbicida 2, 4 D se amplían año tras año las cantidades utilizadas. Actualmente se usan unos 20 millones de litros/kg debido no solo a la expansión del cultivo de soja, sino por la aparición de tolerancia y resistencias en las plantas silvestres a las dosis “normales” del herbicida glifosato.

En este sentido, el enfoque de las empresas es crear nuevos cultivos transgénicos con tolerancia a estos herbicidas más potentes y perjudiciales para la salud y el ambiente como herramienta sustitutiva/complementaria ante la aparición de un número importante de malezas resistentes al glifosato.

Esta situación representa una grave amenaza si se tiene en cuenta la incidencia que pueden tener estos productos sobre la salud humana principalmente, pero también, y si bien no tiene relación directa, sus efectos secundarios pueden ser muy graves en términos de deforestación y avance de la frontera agrícola con el efecto borde en corredores, parches, cortinas y bosques en general además de la contaminación de napas y cursos de agua.

Otro problema que va a generar el uso (mal uso) el daño a otros cultivos en donde las pérdidas por efecto “deriva” pueden ser importante. En este sentido las compañías van a incentivar a los productores a implementar un sistema de BPA apuntando a una buena calidad de aplicación como medida de prevenir “malas” aplicaciones a fines de evitar su incidencia sobre cultivos vecinos y población rural y de esta manera evitar el impacto negativo además de problemas en términos legales cuando en realidad, en términos de sustentabilidad una BPA debería ser el “no uso de esos productos”.

La problemática relacionada con el uso de los plaguicidas es compleja y dinámica y que incluye varios actores con distintos intereses y posturas. Existe y cada vez se genera más evidencia científica que vincula la utilización y exposición de plaguicidas con la aparición de síntomas de intoxicación agudos y el desarrollo de enfermedades de tipo crónico. Problemas que no sólo deben estar vinculados con el glifosato sino con más de 500 formulaciones de plaguicidas que se utilizan solos o en mezclas.

Hay que reconocer que, en términos económico, la soja es generadora de recursos e ingresos. Sin embargo es necesario generar iniciativas tendientes por cambiar el modelo vigente, poniendo en práctica medidas que faciliten la transición hacia sistemas productivos sustentables con cada uno de sus actores.

Las empresas deberán generar no sólo productos de menor impacto sino ponerlo al alcance de los agricultores, con el compromiso de asegurar un correcto uso y manejo de los mismos a través de capacitación y monitoreo, no sólo en lo que hace a sus técnicas correctas de aplicación sino también a su manejo responsable antes durante y post aplicación (manejo de residuos y envases) con una regulación lo suficientemente rígida para proteger la salud de las personas y el medioambiente; y, a su vez, lo suficientemente flexible para que no afecte negativamente el volumen de la producción agrícola y el nivel de actividad económica.

 

 

 

 


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